viernes, 15 de abril de 2016

Nuez tan simple como parece



Carajillo o carrasclás donado a la colección Caballito del maizal por: David Hidalgo Jiménez
Foto: Héctor Hernando Parra Pérez



por: Héctor Hernando Parra Pérez


Cierta ocasión, un joven entusiasta de la recuperación del pensamiento muisca me compartía un saber que a él había llegado sobre el uso que tradicionalmente le daría este grupo humano a la semilla del nogal. Me decía, que para limpiar los malos pensamientos, servía pasarse la semilla de este árbol por la cabeza, mientras se visualizaba cómo aquella nuez iba recogiendo pensamientos negativos y los iba eliminando de la mente. Recordé entonces, mis lecturas sobre el pensamiento mágico, y que este principio curativo podría relacionarse con la llamada magia mimética. Consiste dicho principio, en aprovechar el parecido morfológico de un objeto externo con una parte del cuerpo humano, para de esta manera, y mediante una intención simbólica, crear un principio de identidad entre el objeto sacralizado desde una visión mítica y la parte del cuerpo, realizando una acción metafórica, es decir, sacralizando la acción, de modo que se le devolviera al cuerpo el estado original de bienestar y salud, acudiendo a la memoria depositada en la naturaleza, que desde una visión del equilibrio natural, a veces olvidado por el ser humano con sus acciones, puede ser devuelta al entrar en contacto de nuevo con un elemento proveniente de otros seres vivos: La nuez se constituye mediante el mito y el rito, en un pequeño cerebro que le puede recordar al nuestro, su estado de equilibrio y salud.

También recordé, tiempo después, que durante mis indagaciones botánicas había aprendido que desde el pensamiento científico, se plantea que ciertas especies animales y vegetales llegaron al continente suramericano respondiendo a las fuerzas geológicas relacionadas a la teoría de la deriva continental, y a las fuerzas climáticas de las sucesivas glaciaciones y calentamientos globales. En los momentos en que coincidiría una de las últimas glaciaciones, con el surgimiento de centro américa, semillas y animales que de Eurasia habrían llegado a Norteamérica, podrían instalarse ahora en Suramérica, lo que trajo consigo nuevas extinciones masivas y nuevos ecosistemas. En ese orden de ideas, y entre otras especies, el nogal, proveniente de bosques caducifolios del hemisferio norte, encontraría un nuevo hogar en los potentes andes para empezar a hacer parte de los nacientes bosques de niebla que desde entonces han recibido las aguas de los páramos y las nubes. Para el pensamiento científico, y sus formas de sistematizar la realidad, los nogales más emparentados al que crece en los andes se les clasifica dentro del género Juglans, y de todos aquellos, que viven en países de cuatro estaciones, el de la semilla sanadora para los Muiscas, recibe el epíteto de Neotropica, por haber sido el que se instaló en el trópico montañoso. Aún recuerda sus cuatro estaciones este nogal, pues defolia como en otoño, exhibe desnudo sus nueces como en invierno, florece sus péndulos como en primavera, y verdea como en verano, tal como se les puede ver en cualquier mes del año por la carrera treinta de Bogotá, o en los alrededores de la universidad pedagógica, en la misma ciudad, para citar un ejemplo cercano.

Para el pensamiento campesino, heredero de tradiciones indígenas, africanas y europeas, este árbol merece llamarse además de nogal, cedro negro, pues sus hojas se parecen a las de los árboles que los científicos clasifican en el género cedrella, y que popularmente reciben nombres de alcances gustativos y visuales, totalmente vinculados con el mundo de lo empírico: Cedro rosado, cedro amargo, cedro carmín, cedro cebollo, y también el cedro rojo. Así también, como que las maderas de todos estos árboles presentan características similares para los requerimientos de la ebanistería criolla y valga hacer hincapié, en la luthiería criolla.  

Me resultó del todo interesante haber recibido en la ciudad de Salamanca, España, un carrasclás o carajillo como obsequio para seguir haciendo música. La sencillez de media nuez de nogal de los de cuatro estaciones, hecha caja de resonancia para un palito tensionado y percutor al compás de los dedos, hace pensar que de allá no solo vino la codiciosa violencia de un sistema monárquico y religioso, harto de su propio mestizaje de moros y judíos, sino que también vinieron colados y escondidos en la pervivencia atávica, los saberes de unos antiguos indígenas que fueron también sometidos por el imperio romano tan “cristiano”. Tan imperial como el Inca, tan identitario como el azteca, tan capaz de lo brutal como el ser humano de cualquier raza, continente y condición. Como tan capaz del asombro, la magia, el arte y el saber.


lunes, 28 de marzo de 2016

Perfume di mandorlo


Mandolina napolitana de la colección Caballito del maizal
Foto: Héctor Hernando Parra Pérez



Por: Héctor Hernando Parra Pérez

(Dedicado a Antonio Lucia y su familia en Agrigento, Sicilia)

La brisa: manifiesta a veces con delicadeza pero con incidencia al mismo tiempo. Reflexiono desde el recuerdo,  cómo lo sutil del aire frío puede hacer tiritar a las carnes y entumir a los dedos. Cómo la casi gélida bocanada que aspiraba, me secaba la garganta con tanta facilidad, que ya me estaba invitando al viejo duelo con mi atávica predisposición, del abatimiento que representa ser un músico frustrado. La fuerza también telúrica de la primavera iba abriéndose paso por el Mediterráneo y nosotros, ni siquiera habíamos acercado nuestra tropical constitución a los rigores del invierno en el que nieva. Conforme el equinoccio dejaba de ser tan solo una promesa del calendario, la floración de nuestro anfitrión “Il mandorlo” era la confirmación de que tiempos más cálidos venían. Lo demostraban también las herbáceas y humildes flores que cada vez inundaban más porciones de terruño.
Para contrastar con la llegada de lo delicado de la primavera; día a día de nuestra permanencia en la isla podíamos apreciar, entre el asombro y la trivialidad, la presencia de sendos templos milenarios consagrados a las potentes fuerzas de los dioses del panteón greco latino. Cuanto peso y monumentalismo consagrado a lo que sintieron, y tal vez por ello vieron y oyeron, hombres y mujeres de hace 2400 años en esos disputados parajes. Lo que sintieron dentro de sí, y se les hizo sentir con la sugestión que logra la oratoria y el arte, movilizaron piedras de toneladas de peso y decámetros de volumen. La potencia del peso agreste de una roca, movido por el invisible hilo de la creencia.
Las fuerzas de la naturaleza que se manifiestan a la vista del humano, surgen de los seres que nos acompañan en nuestro paso por el planeta; y también del propio ser humano. En todo el espectro de lo que nos resulta conocible, se aparecen las formas inmanentes de lo creado para recordarnos que tan sólo vivimos una gran síntesis de experiencias que retan a nuestro alarde de inteligencia y embriagan a nuestros sentidos: La fragilidad de una flor de almendro, rompió la rigidez de las columnas del templo de Zeus. ¿De qué otra manera el hecho de haber manifestado el diecisiete de marzo de 2015, que “Se le reventó la cuerda” a un instrumento musical de origen italiano, me habría llevado el diecisiete de Marzo de 2016 a traducir ese primer artículo de este blog al italiano? ¡Allá en Agrigento! ¡Justo cuando recibía de mi amigo Antonio Lucia una hermosa mandolina napolitana que ahora hace parte de Caballito del maizal!
Pero podemos observar, cómo el paso de las estaciones allá, y de los “niños” y “niñas” acá, va consumiendo nuestra mortalidad a la vez que nos va sembrando en la tierra para un propósito ininteligible pero sentido en lo más profundo de nuestro corazón. Nada tiene propósito ya, porque en sí mismo todo puede ser propósito. 

lunes, 29 de febrero de 2016

Tambor sin norte

Tambor alegre de la colección Caballito del maizal.
Foto. Héctor Hernando Parra Pérez

por: Héctor Hernando Parra Pérez

Cuando dicen que le quitaba el cuero y le ponía un pañuelo y seguía tocando, se refieren a algo misterioso que se escapa de cualquier facilidad instrumental, de cualquier enredada taxonomía y de cualquier filosofía. Es magia.
Un hueco milenario en un árbol, no tiene objeto de ser definido porque así se le pone al servicio de la orquestación de la que puede hacer parte; entonces, la piel tensa de un animal ora doméstico, ora salvaje, sigue cifrando la enorme dificultad para hacer comprensible las voces de este periscopio sonoro que se asoma desde las negras profundidades del ser, hasta las necesidades cotidianas de quien lo porta sobre sus hombros; y debajo del sombrero, tan vueltia’o como el destino y tan concha’e jobo como las apariencias.
También dicen que no hay cuña que más aprete, que la del mismo palo. No hay trabajo que más recompense que aquel al que se le concede significado, por arcano e incluso aborrecible que le pueda llegar a parecer a los demás.
Las sogas que lo sostienen, son un atlas que portan sobre sus hombros filamentosos, toda la porquería que se transforma en baile y alegría colectiva. También en insinuación a lo prohibido y polvorín presto a la pelea de los borrachos.
Tambor alegre te dicen, y a veces, hasta te crees el cuento de quienes te llaman así. Tú no tienes nombre, tambor, porque se les olvidó a quienes te amacizaron, en ese revuelto de lenguas y deseos de los que hablan los que mienten la historia.
También te dicen tambor mayor, como si fueras a lado y lado de granaderas, bombos y liras: más bien, deliras. Como si conmemoraras torpemente los motivos de quienes te reprimieron. Es que, bien lo sabes, Pedro Claver te usó como pretexto para latigar a tus negros instrumentos de africanía.
No te puedo decir otras cosas tambor, porque por culpa tuya me empecé a sumergir en las oscuras aguas de mis mentiras. Quise gozarte en fiestas y resulté obsesionándome en mi máscara. Por lo menos, tus repiques me hicieron saber, aquello que los locos niegan y talvez, de esa manera, con ese destello de sentido, me haga libre del manicomio. No soy quien para tocarte, y a la vez soy tu mar, tu negro y tu blanco. No soy nadie para ti, pero para mí inconforme ignorancia, empezaste a significar la paradoja de la libertad. Gracias y no gracias, por todos los malos momentos con los que te haces necesario en mi imitación de lereo. Sin viajes, sin becas, sin renombre. 

viernes, 22 de enero de 2016

Meme meme caja ja ja

De izquierda a derecha: Caja redoblante de las bandas de flautas del departamento del Cauca, proveniente de la vereda Ordoñez, municipio de Almaguer, departamento del Cauca, Colombia. Caja propia de los conjuntos de tamborito, punto y cumbia de Panamá, proveniente de Guararé, provincia de Los Santos, Panamá.

por: Héctor Hernando Parra Pérez.

La sorprendente similitud morfológica, así como la plena coincidencia nominativa entre estos dos instrumentos musicales, permiten manifestarme respecto al galeón San José. Cada día de San José, mi madre cumple sus años y el pasaje llanero “Fiesta en Elorza” ha sido la canción que usualmente recuerda mi padre ese día. Por esto, traigo a colación un dato histórico que aprendí leyendo a sir George Frazer en su Rama Dorada: “Un diecinueve de marzo” conmemora también, ciertas celebraciones de la abundancia y la primavera, que en el imperio romano precristiano, se llevaban a cabo, de modo similar a las saturnales que dieron origen a la consumista navidad de la religión de la humildad. Lo que ata todos estos hechos aleatorios, es que, mi madre nació en la población de Frías, corregimiento del municipio de Fálan, en estribaciones de la cordillera de los andes centrales en el Norte del Tolima. Allí, mi bisabuelo Florentino Cardona, andaba en actividades mineras, según me ha relatado mi abuelita Mariela, y por eso, se codeaba con los ingleses. En esas reuniones tan de Wheeler´s,  McLean’s o Forest’s;  además de hacer sus negocios y tratos en torno al metal dorado; bajoneaba don Floro su guitarra, mientras mi bisabuelita Aminta Reyes rasgueaba el tiple. Valga mencionar, que una cosa es tocar al célebre bambuco en un instrumento musical refinante y delicado, que denota en sus cuerdas la actividad del comercio (cuerdas de metal) y no de la artesanía (Cuerdas de tripa). Otra cosa es, tocar bambuco con instrumentos musicales hecho por manos rudas que también empuñan azadones, picas y palas.
El oro que se le ha arrancado a la cordillera de los andes, se ha constituido en un signo generalizado y reiterativo para múltiples poblaciones a lo largo de la geografía histórica de nuestro subcontinente, y ello ha venido configurando morfologías culturales que hoy en día nos siguen hablando, aunque su mensaje tienda a ser fosilizado por la mano servil y complaciente de la institución folclorizante. Aplico dicha observación, para  el caso específico de los subsecuentes desarrollos que han venido gestando las músicas y las danzas tradicionales. No es gratuito que hoy en día se toquen instrumentos similares denominados muchas veces con los mismos nombres, en territorios aparentemente muy distantes y heterogéneos, pero enlazados a través de la línea de explotación y exportación colonial del oro. Lo que sí es gratuito, peregrino y desafortunado, es que no hallemos fácilmente correspondencia entre lo acá enunciado y seamos presa fácil de la publicidad ideológica y las promesas del desarrollo, amén de que estoy escribiendo en un computador que lleva mis iniciales. En el caso específico de los instrumentos que le dan nombre a este escrito, quiero decir que no es gratuito que la dicha caja redoblante viva tanto en las montañas del Cauca, como en la costa y el interior panameño. Viéndolo desde la cadena de explotación y exportación colonial del oro, la caja redoblante que atestiguara la explotación del filón en Almaguer con mano de obra esclavizada, tanto indígena como negra, sería hermana de la misma caja redoblante que atestiguara la subida de ese oro al lomo de las mulas, y el posterior embarque al galeón. Sin embargo, es muy importante señalar, que las circunstancias que posibilitarían la presencia de la caja, y de otros instrumentos musicales, en dichas situaciones, corresponden a un crisol tornasolado de posibilidades, dado que, así como eventualmente servían a los intereses de la corona y de sus fieles vasallos, también eran raptados estos objetos sonoros, robados y subvertidos por los esclavizados, para sus propios fines libertarios y su propia catarsis. También para su propio embotamiento y su propia beodez.
Ese bambuco que habría nacido en las barracas malolientes llenas de broza india, negra, zamba y hasta mulata, sudorosa de plantación o mina; tan de tiple o bandurria con forma de sandía, maracas, vihuelas (socavón-brujo ¡¿?!) tambor (cajona*) y cuño (cununo-tamborito), es ahora un hijo con transtorno de múltiple personalidad. Unas veces perfumado, peinado y despiojado, ilustre diplomático al servicio de los intereses del saber institucionalizado, y otras veces, al servicio de los indios y los negros en sus fiestas de montaña, valle y costa; de flauta, violín y marimba; de vírgenes y diablos. Pareciera que el oro de Almaguer, que pagó la traída de indios de más al sur y de negros de más al occidente, hubiera también pagado las fiestas y los bailes de primera, segunda, tercera y cuarta categoría.
Las fantasiosas conjeturas históricas de este escrito, buscan evidenciar también, la trágica suerte de algunas poblaciones que nunca quisieron aprender a producir sus propios alimentos, so pretexto de la mina y el flete, y, es que producir los propios alimentos está íntimamente relacionado con producir las propias músicas y sus instrumentos. Por lo tanto, la actividad de sembrar el pancoger, y de cantar, tocar y bailar durante y después de las faenas campesinas, se asocia en una terrible inversión de roles, con la idea generalizada y publicitada de la pobreza, el sub-desarrollo y hasta la superstición. El estado de consciencia de los líderes políticos habitantes de estas zonas, estaría más asociado con su necesidad de promulgar la actividad de mercadear bienes que transitan, es decir, bienes que están de paso y que necesitan transportistas y/o intermediarios; que con la actividad de producir alimentos en armonía con el entorno, pensando en la permanencia tanto de las generaciones venideras como de las presentes en dicho entorno. Por esto, la frase “Asando y comiendo” en vez de ser sinónimo de un desarrollo sostenible dialógico con la realidad del eterno-presente, es todo lo contrario y se convierte en sinónimo de pobreza,  de ignorancia, de no-acumular, de no capitalizar, de no explotar, y eso se aplica también al conocimiento.
Ha tenido el territorio tolimense la oportunidad histórica de aprender a producir alimentos para la subsistencia, pero, por citar solo un ejemplo, la revolución verde se tomó con todo y violencia bipartidista de los años cincuenta, los campos del Valle del Alto Magdalena. Las cabras, la cachaquera, las guabinas y los caloches, le tuvieron que ceder su puesto al tractor que excarva tumbas-almácigos de arroz, como también a las represas de mojarras traídas del Tanganika. Tan solo arroz, algodón, sorgo y mojarras tan homogéneos a la vista. Además de esa uniformización del paisaje,  aparece ahora la posibilidad de abrir una mina de oro a cielo abierto que más bien, nos quiere remitir a trescientos años atrás, e irónicamente, como pago a la avidez desmesurada, tener que repetir el proceso de la encomienda y la mita, siendo ahora una neo-colonia proveedora de materias primas y de carreteras que aseguren una mejor circulación de dichas materias. Ya no de mano de los tan mentados y literarios españoles, sino de una trasnacional cuyo nombre se sirve cínicamente del nombre de una etnia africana: Y ni así, recordamos, que lo que suelen llamar desarrollo las facultades de ciencia y tecnología es consecuencia del tráfico de millones de seres humanos que nos enseñaron, entre otras cosas, a tocar tambores. Tambores que lamentablemente, hoy solo sirven más para divertimento de borrachos con capital, una mujer con dos hijas y plata para gastar, como dijera Cantalicio Rojas, que como memoria, enseñanza y colectividad.
Finalmente, comparto el poema Meme neguito del decimista peruano Nicomedes Santacruz, en el que me basé para dar título a este escrito.
¡Ay canamas camandonga!
¿qué tiene mi cocotín?
mi neguito chiquitín,
acuricuricandonga...
Epéese a que le ponga
su chupón y su sonaja.
Meme meme, buenalhaja,
pepita de tamarindo.
Duéimase mi nego lindo:
¡meme meme, há-ha há-ha...!
Su mare no vino ayé,
su mama se fue antianoche;
dicen que subió enun coche...
¡pero tiene que volvé!
Su maire é buena mujé,
-a veces medio marraja-.
Yo no sé si nos ultraja
¡pero si resutta cieito...!
(Mejó tú no etés despieito)
¡meme meme, há-ha há-ha...!
¡Mi cocotín, mi coquito!
si hay frío ¿po qué tu quemas?
Con tu ojo abieito no duemas,
¿Po qué tá quieto, neguito?
¡Míame, nego bonito!
¿Po qué tu cabeza baja...?
¿Quele su leche con miaja?
¿Quele jugá con lo michi?
¿Qué le pasa? ¿quele pichi?
¿meme meme? ¿há-ha há-ha...?
¡Ay canamas camandonga!
¿qué tiene mi cocotín?
Mi neguito chiquitín,
acuricuricandonga...
Epéese que le ponga...
que le ponga su motaja.
Meme meme ahí en su caja
Pepita de tamarindo.
Duéimase mi nego lindo:
¡Meme meme, há-ha... há ... ha...



miércoles, 9 de diciembre de 2015

Dé-cada bandola


Bandola llanera donada a la colección "Caballito del maizal" por Josberth Useche
fotografía: Héctor Hernando Parra Pérez


por: Héctor Hernando Parra Pérez

Por el año dos mil cinco, cuando se hacía más evidente mi codicia por el saber folclórico, no sabía cómo colonizar las sonoridades de los llanos orientales. Veía como poco menos que imposible la tocada del arpa, del cuatro y de las maracas. Tengo que reconocer, que no solo por la dificultad técnica que implica la ejecución de esos instrumentos, sino que hasta ese momento, no había hallado algún repertorio que me motivara a aprender la ejecución de aquellos aparejos. Nunca sentí simpatía por la música llanera comercializada, estereotipada y a mi sentir “sin mística”. Sin embargo, ese año llegó a mis manos mi primera bandola llanera, esa, que ahora vive en Córdoba, Argentina, en casa de mi amigo Edgardo Varán.
Es que en ese dos mil cinco, fuimos los músicos acompañantes de las Acuarelas folclóricas de Libardo Lozano al festival de danzas del municipio de Yumbo, Valle del Cauca, y conversando, conversando con uno de los bailadores del grupo del maestro Honorato Infante, también de nombre Edgardo, hallé la posibilidad de que la bandola llegara a mis manos. Ya estando en Villavicencio, Edgardo se puso a la tarea de conseguirme una bandola criolla, de esas de ocho trates. Adjuntándole el primer CD que pude escuchar con música de bandola, (temas instrumentales que llaman) me la envió a mi casa en Ibagué y empecé un lentísimo acercamiento, para tan prestos géneros musicales.  
Totalmente desorientado y perdido me sentí con aquel oud criollo, antiguo habitante de las llanuras de Casanare y de Barinas, y decidido opté por escribirle un correo al maestro Jorge Velosa pidiéndole orientación al respecto. ¿Por qué escribirle al taita carranguero pidiéndole orientación sobre el tema? Sencillamente porque lo que yo quería aprenderle a la bandola, tenía mucho que ver con el pajuelia´o del tiple que aparece en sus hermosas “Adivinanzas del ja ja jay”.
Resulté a los pocos días en el taller del coterráneo, tiplista, luthier, sabedor y bandolista Luis Alberto Aljure Lis: Guafa, emblemático coyaimuno que generosamente me demostró que mi bandola villavicense y de triplex si servía. Grabadora de casete en mano, y libreta de apuntes sobre la mesa traté de entender cómo no se le enredaba el plectro entre las cuatro cuerdas, cómo hacía para sacarle esa especie de “Eco” a cada plumada, ¡¿Cómo hacía?! Quedé asombrado no solo por su música, sino por la calidad humana del maestro Guafa. Valga mencionar que en esa visita supe que Guafa había sido integrante del grupo Nueva cultura*.
En Ibagué, de nuevo me sentí frustrado y dejé a un lado la bandola por un buen tiempo. Algo más de un año después, el maestro Guafa me volvió a dar clases, ya no cerca a la fría Caracas (La Avenida bogotana) sino en su tórrida, natal población. Allá en la casa de los Aljure, me presentó a la familia, y por la tarde se armó un pequeño parrando en el andén. No solo sonaron joropos y pasajes, sino también rajaleñas, bambucos, pasillos y cantas de guabina. Recuerdo que era la primera vez que oía cantar guabinas gracias a Leonor Aljure Lis, y también, recuerdo un zumba que zumba que en la guitarra asumió el que años después sería un compañero de trabajo en la Escuela Musical Nueva Cultura: En aquellos tiempos, parecía que Daniel Sossa no se sabía con presteza la secuencia del zumba que zumba, y ¡Semejante bajista que es hoy en día!
Poco más tarde, al otro año, llegó a mis manos el precioso larga duración “Leyenda copla y sabana vol. 2” que estaba arrumado en una compra venta de discos de segunda en la ciudad de Popayán. Tal disco, representó la primera oportunidad para escuchar a la bandola de Luis Quinitiva, al guitarro de Álvaro Salamanca, y el bandolín que también grabaron los dos maestros ya citados.
Algunas otras aventuras fueron ocurriendo ya con mi persona residiendo en Funza y en Bogotá. Haber conocido los discos de “Raíces y frutos musicales de Casanare” me alimentó las ganas de tocar bandola, sin forma de declinar ya. Haber visitado el festival de la bandola llanera en el municipio de Maní, Casanare en el 2010, adquiriendo un nuevo instrumento al viejo Nazario Humo. Se me apareció el diplomado de cuerdas pulsadas de la Universidad Javeriana, para poder recibir clases del maestro Juan Miguel Sossa, y después unas cuantas con el maestro Juan Carlos Contreras, en el año 2012. Mi primera visita a la hermana Venezuela me regaló una heroica bandola hecha por Misael Montoya, de manos del músico tachirense Josberth Useche, a quien tuve el gusto de conocer, a propósito de la celebración de los Sones de Negro a San Antonio en El Tocuyo, pues don Danny Torres nos puso en  contacto para esos mitológicos rituales. Visitar a la familia Flórez en Maní y en Trinidad ya en el año 2015, cuando casito oriento un conversatorio con ellos en el teatro Colón, por invitación del alegre Urián Sarmiento. Y ya para terminar este relato, sucedió aquella memorable clase de la profesora Inti Gómez a la que me logré colar para los estudiantes de Arte Danzario de la ASAB. Clase a la que entré con la única intención de exponer algunas notas que me atrevo a pulsar de Gaván, Guacharaca, Periquera,  Nuevo callao y Numera’o y de la que salí con un nuevo trabajo en el Centro Cultural Llanero, gracias a la generosa escucha del maestro Gustavo Rodríguez, su director, quien depositó valía a mi intento de tañer.  
Tengo la plena certeza de que ni la bandola llanera, así como ninguno de los instrumentos y las músicas tradicionales relacionadas a estos se ven amenazados por mis interpretaciones. Ahora sé que mis intentos de acercarme a las músicas tradicionales no amenazan el desarrollo de estas, ni su historia y que mi anonimato, patrocinado por haber pasado de la codicia por el saber a un ligero desencanto, me sirve de protección para seguir indagando y experimentando con las reglas de juego de la creatividad histórica.

lunes, 2 de noviembre de 2015

No salió chimborria la historia


Chimborrio de la colección "Caballito del maizal"
Foto: Héctor Hernando Parra Pérez

por: Héctor Hernando Parra Pérez

Iba a empezar escribiendo que no recordaba cómo me enteré de la existencia del chimborrio, pero vino un fugaz recuerdo a mi memoria, trasladándome a la biblioteca del Colegio Tolimense. Sería por el año 1997 o 1998, cuando el “ABC del folclor colombiano”, del maestro Guillermo Abadía Morales, me resultaba la mejor excusa para no salir a correr a los pasillos del colegio en los ratos de recreo.
Años después, recuerdo que vi una producción audiovisual hecha por el Patronato colombiano de Artes y ciencias, en la que un tambor cuadrado era percutido a modo de llamador, mientras un gaitero tocaba su caribeña melodía, y sin embargo, ni un comentario, o explicación más bien, de porqué figuraba ese instrumento en ese video y concediéndosele tal uso.
Cuando tuve la oportunidad de conversar con el Maestro Néstor Cáceres, director de la emblemática agrupación Corazón Santandereano, me habló de un tal pandero cuadrado que se usaba para la interpretación del torbellino en algunos pueblos de la provincia García-Rovira, así como en poblaciones del norte de Boyacá, pero que tal instrumento había caído en desuso. Al mismo tiempo, parece que el término chimborrio no le sonaba tanto como el de pandero.
Otras pesquisas, me llevaron a la adquisición de los tres tomos del diccionario folclórico de Harry Davidson, en el que figuran la descripción morfológica y el uso de tal instrumento, con la particularidad de que el nombre que conocí por el maestro Abadía, en el segundo de esos tomos, convivía con una variante más corta: Chimbor. De todas maneras, bastó haberme encontrado con la referencia de Davidson para mandar a construir una réplica, con medidas propuestas por mi persona, al luthier tolimense Roberto Gutierrez, quien ha sido cómplice, ya en varias búsquedas. Ese chimborrio tolimense sui generis lo obtuve gracias a un trueque pactado con el profesor Felipe Rodríguez, y mi anterior marimba de chonta se fue, para que el chimborrio y el tiple de cedro vinieran a “Caballito del maizal”.
Por otra parte, algunos textos tratantes sobre instrumentos musicales tradicionales latinoamericanos, me mostraban tambores cuadrados que eran percutidos con una baqueta, pero, invariablemente, estaban asociados al toque de un aerófono tipo flauta de pico, como en el caso de la flauta y caja que se usa en la danza de los voladores de Papantla y aquello me generaba más inquietudes que no lograba del todo vincular a la práctica del torbellino. Buscaba yo, un tambor cuadrado que acompañara el canto de coplas, y el baile de danzas en pareja, para empezar a tejer algunas posibles tramas especulativas. Es en esos meses, que Juan David Barbosa me comparte la fotografía de un músico del municipio de Tenza, Boyacá, tocando un tambor cuadrado, percutiéndolo con una baqueta, y mostrando algunas sonajas en sus lados, como las llevan las panderetas.
Mediáticamente, y más precisamente por internet, conocí por fin otro tambor cuadrado, acompañante de músicas tradicionales populares, solo que no lo encontré en España, sino en el vecino Portugal. Tal tambor cuadrado se llama adufe y un par de años después de conocerlo en fotos, tuve la posibilidad de verlo, tocado en la presentación de un Rancho Típico en Porto. También lo vi exhibido en una tienda de instrumentos musicales en la misma ciudad. Tienda, en la que adquirí mi viola braguesa, luego de una “pintoresca” conversación con el vendedor.
El caso es, que de pronto de tanto escuchar portugués, se me ocurrió que “chimbor” sería la forma aportuguesada de pronunciar “tambor”. También, porque meses antes había conocído el Timbal de samba brasilero en manos de Juan David Castaño, y a ese timbal, se le dice “Chimbau” (¡ja ja!).
Delicia especulativa aparece entonces, y empiezo a ver que el nombre de la provincia cundinamarquesa que limita con el municipio de Tenza, lleva por nombre un apellido portugués como es Almeida. Veo yo que la flauta do canha que me obsequian en Porto es muy parecida a la flauta torbellinera de Bolívar, Santander, con todo lo que me empieza a significar que el segundo apellido del último flautero de ese municipio es Rocha, un apellido que vi bastante en Portugal; y que esa flauta en Porto hace parte de un ensamble musical integrado por varias personas a veces de una misma familia, tocando instrumentos de cuerda y percusión de un modo similar a las parrandas veleñas. También, me pareció muy sugestivo ver que a esa flauta la acompañaba la viola braguesa que me hace pensar tanto en el tiple colombiano.
Yendo ya entre nubes, y creyendo haber topado al ancestro directo del chimborrio, recibo la observación del investigador argentino Edgardo Civallero quien me pone al tanto de la existencia del pandero cuadrado de Peñaparda, membranófono nativo de una población de Salamanca, instrumento que si se toca con una baqueta y no con las manos como se toca el adufe, y que tiene un toque que se llama corrido, palabra que si bien no hace parte del argot musical andino colombiano, si lo hace del llanero, y la lógica del torbellino de Boyacá y del seis corrido casanareño, por citar un ejemplo, guardan semejanzas que valen destacarse, desde los tiempos en que conformaban un solo Estado Soberano en el siglo diecinueve, y sin marginar las observaciones que hiciera el maestro Samuel Bedoya sobre el torbellino, el joropo y las zonas de interfluencias musicales.  


domingo, 4 de octubre de 2015

Torrente equinoccial

Mejoranera que hace parte de la colección "Caballito del maizal". 
Foto: Héctor Hernando Parra Pérez

por: Héctor Hernando Parra Pérez

Curiosamente, los dos viajes que he emprendido a la República de Panamá, resultaron coincidir con los equinoccios. El primero de ellos, porque el costo de los tiquetes resultaba más favorable en ese momento, y el segundo, para asistir a la fiesta más emblemática que destaca la interpretación del instrumento musical que a esos viajes, me movilizó.
A la mejoranera solo la conocía por internet, y fue por internet que empecé a buscar más información y también, si era posible adquirir una. Fueron más de tres años de esperar respuestas de sitios web de artesanías, e incluso, de personas que tenían relación con ese instrumento.
Para el mes de enero del año dos mil quince, estando en el país del canto del socavón, y más precisamente en la histórica ciudad de Trujillo, recibí la emocionante respuesta que empezaría toda una serie de acontecimientos que generaría por fin mi acercamiento a la chinchorra. Para el momento, no pude hacer más que pedir tiempo, para volver a Colombia y empezar a gestionar lo que en principio era solamente la traída del instrumento a Caballito del maizal.
Si bien la gestión cultural no ha sido mi fuerte, nació incluso un recital para compartir un saber, y para recoger los fondos que pagarían la traída del instrumento. En pleno proceso de publicitar dicho recital, me enteré que por las circunstancias del transporte internacional de mercancías se hizo más rentable que yo fuera en persona y entonces, resulté dándome un primer “vueltazo” por Panamá.
 La persona con la que estuve negociando la mejoranera, es la señora Esther Reyes Astacio, esposa del maestro mejoranero Juan Andrés Castillo. Ella, me hizo saber cuál sería mi nuevo instrumento, y también me hizo saber el costo de la traída, respecto al costo del vuelo que me atreví a consultar.
Un hombre nacido el día de San Juan, en un pueblo que celebra el día se San Juan; ha sido mi precursor para este instrumento. Conocedor de muchos toques y algunos de ellos en desuso, hábil ejecutante y sobre todo, depositario de muchas vivencias, Juan Andrés fue el primer ejecutante que conocí. También mi primer profesor, tarea en la que se ayuda mucho, con su método escrito: “El maestro”. Fueron tres días de poner en práctica en el hotel, aquello que le iba aprendiendo al maestro Juan.
Tres años antes de éste viaje al istmo, mi coleccionismo me llevaba a despedirme de la delegación de la Escuela de danzas de Funza, con la que había estado “girando” por los estados de Zacatecas, Jalisco y Guanajuato, en México. Había contactado al joven luthier Pavel Toledano para que pusiera en mis manos mis primeras jaranas jarochas, y dado que me urgía tal encuentro, abandoné al colectivo compatriota, tomando rumbo al taller de Pavel, en Morelos. Prácticamente cinco minutos de ansiedad, me impidieron en esa ocasión haber conocido al maestro José Augusto Broce, pero, tan afortunado fui de todas maneras, que el profesor Juan David Barbosa, director del colectivo dancístico, pidió sus datos para mí, cuando vio al singular instrumento en manos de tan hábil tañedor y supo que sería de todo mi interés conocerle. Pocas veces se conoce generosidad tan grande, como la que me compartió, tres años después, el maestro José Augusto, cuando llegué a la capital de la provincia de Veraguas. Fue, la oportunidad para que mi tiple de palo de rosa, encontrara un hogar en el país vecino.
Finalmente, estos viajes que siento patrocinados por la magia de los santos, han posibilitado que el rajaleña gran-tolimense, reconociera al gallino Zárate,  que la mejorana por veinticinco para bailar se reencontrara con el torbellino, y la saloma se saludara con el leco; La primavera con el otoño, que antipódicamente vienen a ser lo mismo, saludan al día de San Juan, con los tambores, que recuerdan las navidades de San Martín de Loba.